domingo, 18 de noviembre de 2012

Palabras perdidas



ATARDECER EN LA CERTEZA

Van siendo mas de diez mil días hilando el desapego,
tejiendo el abandono, arrepentido ahora en esta resultante soledad.
Pero apenas unos cientos en la certeza de imposible destejerlo.
Y resulta ser mi alma lo que consta en hilachas.

Es la sangre salada lo que corre por mi cara, babas y mocos
y ningún mar compara dolor profundo intenso constante causado,
apelmazando las horas costra tras costra de desdén, capa tras capa
de abandono, solo resaltan en la roja tarde de  mi vida.

Desapego alcanzado y soledad acorazada
como la de tu mirada que se me dificulta encontrar
pero la quiero hallar como ultima luz en el final de mi vida.

Tanto mar que quiero beber para aliviar salobre
nudo formado por palabras no dichas en mi garganta inútil
tanto como regresar a lo que fue, para borrarlo por innombrable.
También es por primera vez acudir a la verdad hoy
todo lo sucedido es certeza y verdad.
Verdad es lo único que puede la maldad remediar,
es imposible seguir ocultando lo real,
así la verdad sea una incomodidad en la costumbre de lo irreal



CERTEZAS

I

Es el atardecer de mi tiempo y no haber otro amanecer:
es la principal certeza. Tanto como no haber vuelta atrás,
así como es oscura la noche nueva.

Pero a pesar de toda poesía morigeradota toda hora es mi oscuridad
aún no encuentro la luz de tu mirar para así tomar al menos
un respiro, sea el último pero al menos así iluminado,
será también certeza de un descanso, un trago de agua limpia, sin sal.
Sí, es otra certeza la de alcanzar ojala un día
una sonrisa de tu mirada, de tu ser para así aliviar el morir constante
infaltable a cada instante que me acude tu recuerdo.

Es la certeza de un deseo, de algo inexistente pero posible
por eso es certeza del deseo. Es lo cierto como esperanza
construida sobre la tumba de la falsedad
acompañante de mis días inciertos,
sobre los restos aún humeantes y espumeantes,
vivientes de la ausencia de autenticidad,
de legitimidad, de  verdad de mis días transcurridos para mi desdicha y la tuya
Es la certeza de haber faltado a la verdad porque sí, por costumbre.

He soñado morir en Etiopía luego de atravesar el gran desierto
Pero hoy se que ese lugar solo será en tu sonrisa.
Así, voy finalmente con lento firme andar por el desierto,
Solo, un atisbo de animo es un retazo de paz, de luz, posible solo en tu brillo.



II

Certeza mas mas cierta y no del deseo
es la misma suma de miles y miles  de días de infamia,
aventuras en la falsedad de lo pequeño, en la cobardía
en la negativa a la vida para vivir rompiendo el corazón
de quienes en verdad me aman,
yo, en una respuesta mezquina a su generosidad propongo desapego.
Certeza mas certeza, yo, mismísimo yo dije que nunca te amaría
 y el desapego sería el pan diario
para esta tarde tener solo certeza de la verdad,
contraria mis actos, me aplasta la verdad
pues es como tu ausencia y solo deseo tener tu amor,
tu cercanía así sea en la distancia,
así sea en el desapego que yo he hecho, así sea tarde esta tarde…

Pero no tanto para la amargura que cada vez me arrima
a la certeza de morir así sea en el desprecio de tu mirada,
pero cerca de mi sudor,
de la pelmaza babeante y de jirones de tristeza por tu ausencia,
por tu desapego que segundo a segundo de cada día yo mismísimo armé
apostando a lo superficial y falso, a lo que no es porque no es verdad
y que solo tu puedes morigerar con al menos una mirada.

Certeza es mi llanto tardío, de pacotilla, cobarde,
nada, comparado con los mares que vertiste por mí abandono y con lo
que endureciste tu brillante corazón para mi actual
infinita tristeza construida a tu coste
como si fueras la responsable de mi desdén de mi estupidez,
como si fueras la verdad que he  evitado siempre, certeza
de lo maligno en  mi corazón constructor de dolor
en todo mi ser e inmerecido en los que me aman,
resultante solo en dolor y todo recuerdo solo es llanto inútil, extenso, pérfido, infinito.

Certeza ahora es la busca de algo que supere la pena,
al menos en ti pues yo, que la he construido
debo retirarla de tus hombros ya que no debes cargar con esa tula
indignante que solo yo merezco hasta el final de mis días.
Debo al menos reconocer que solo a mi corresponde esa carga
yo la hice pesada al máximo, así,
yo la cargo hasta el último respiro salado,
que será por ti con la certeza también de que existen otros seres
con el corazón roto por mi desdén y mi arribismo inútil.

Vive la verdad y yo cargaré con la falsedad, busca, piensa las certezas de la verdad
y renueva tu corazón pues aún puedes, yo ya no en mi pecado.

Certeza es el aumento al infinito, cada rato mas y mas
De tu dolor al infinito por mi causa
y que en ambos es una lanza punzante en el corazón
pero la merezco a cada instante por la certeza de mi error,
de mi cobardía y mi origen maligno mas no del tuyo que es sano y es puro,
solo luz y brillo te acompañan desde siempre y mi intento
y logro solo ha sido opacarlos, mi envidia es tanta como mi pensamiento
ahora del error insensato y es tiempo para ti de superar y dejar solo para mi el dolor.
Para que vivas tu vida en la verdad con verdad.



III

Pero de todas la mayor certeza es que todo solo lo comprendo ahora
Cuando no puedo hacer nada y he gastado tu corazón en el llanto,
Cuando todo el mal que puedo hacer en la vida ha sido opacar la tuya,
Cuando todo el daño esta hecho y por mas lluvias
y truenos no será borrado de la faz del planeta.

Cuando solo mas dolor afecta las heridas abiertas
que ha dejado mi abandono como bien lo dices
y que yo le digo desapego como intentando justificarme.

Cierto es que busco alguna salida
cuando se que no hay remedio y todo el daño
ha sido hecho hasta la saciedad y aún mas allá
hasta el infinito desamor,
Salida que no existe y estoy dispuesto a seguir buscando hasta el final
con esta carga encima, la mas merecida de todas por lo aplastante.

Solo tu mirada me aliviaría por dura que sea pero sin ella,
ausencia merecida, seguiré ansiando,
pensando en lo posible, deseante deseándola.
Todo lo construido ha sido por mi y a costas de tu risa,
lo hice yo y no es motivo sino de dolor y tristeza,
esa es mi compañía en lo babeante de mi dolor
sin escape posible y para siempre.

A cada rato trato de escapar pero la verdad acude
a cada aplastante momento
Vivir en la falsedad es una carga muy dura que solo yo debo llevar
Es un peso que me alivia solo si alivia el tuyo
Inmerecido por tu inocencia
Innecesario en tu brillo pues lo opaca por mi maligna actuación,
solo merecedora de reproche.

Lo real, la verdad, hija de mi alma,
es mi desapego no solo contigo sino también con la misma verdad
y con quienes me aman. Es algo donde
ahora me arrepiento y es como si no pudiera ya vivir
en ella tan apegado que estoy a lo falso a lo superfluo
al engañoso desdén, al desamor.

Mi desapego entonces ha sido con la verdad
tan unido a la pequeñez y falsedad, ruindad y mezquindad
Que merezco evites mi mirada, por eso solo ruego
me dejes aliviarte de la carga esa Que solo yo merezco.
Ojala nunca acumules ese faltar a la verdad,
mas bien acumula esta pues su ausencia duele al final,
con punzadas que no te dejan,
que no podrás evitar pues dañan para siempre.


IV

No caigas en lo falso y arribista, piensa piensa piensa y vive con la verdad
Es lo único que alegra y hace real la vida, la hace sonreír
En lugar de estar habitado por la tristeza de lo falso.

Por mas que sea ese el pan de cada instante
brindado por mi error y desamor,
acércate solo a la verdad y así lograrás superar
toda barrera que se te oponga.
Déjame la tristeza el dolor y el recuerdo hoy
de lo que no fue ayer por mi pequeñez ante la vida.

Quién soy para hablar de oportunidades si nunca fui capaz
de ofrecerte la mínima posible?

No basta estar pendiente de lo que pudo haber sido
y no fue pues solo es otra falta para ocultar la verdad.

Lo real es hoy saber lo que antes me negaba
saber y eso es aterrador, aplastante y deseo tu mirada
hacia lugar distinto del ayer pues este solo me corresponde,
solo lo mío es irremediable y solo tu puedes mirar al futuro con deseo limpio
renovado pues eres inocente. Solo tu miras al futuro
sin cargas antiguas pues estas son solo mías


V

Otra certeza es la inexistencia de palabras, decires,
idiomas, lenguajes, con los cuales pueda maldecirme mas.

No hay término que pueda abarcar mi estupidez,
mi arribismo, cretinismo, no hay maldición inmerecida,
ni cúmulo de lenguas que pueda definir
y menos explicar mis hechos. Certeza que no hay nada
ni lo habrá en este mundo ni en el universo,
que abarque mi infinita crueldad y cretinismo.


Y qué hago? Vestirme de suplicante y en rodillas
recorrer el planeta pregonando la maldición del destino
forjado por mis hechos inefables?
Seré capaz al menos de eso?
Solo se que aún así superando mi cobardía nada solucionaría,
Nada que yo pueda hacer parece pueda recobrar tu alegría,
Es así y me lo dirías sobre que hacer?

Se que no es así porque cada cual es lo que es
y decirle a otro lo que tiene que hacer no tiene valía a no ser
que fuesen las orientaciones para un niño,
por su padre, y eso es algo que perdí
por mi falsedad y me escudo en que yo nunca las tuve
y me finalmente me encontré solo en un mundo arribista y falso,
así intento evadir mi culpa y me doy largas en esta soledad.

Solo se que todo sigue y seguirá sin tacha pues son hechos.
Todo esta donde esta porque lo puse ahí
así como está, no lo puedo cambiar y solo soy responsable.


VI

La única mayor certeza es que solo tú podrías amar
y darte la oportunidad que yo evadí
de andar a todo instante con la realidad y la verdad.
Yo no, mi falsía mi pecado es irremediable y
con el debo andar el resto de mis escasos días.

Solo tu puedes dar espacio a la alegría para ti misma,
si lo deseas poder para superar mis abandonos,
solo por ti pues yo estoy condenado y tu apenas empiezas la vida
donde la verdad es solo la única y mejor consejera,
donde la risa puede todo solucionarlo si esta con la verdad

Eso es lo cierto, como que estoy aquí rumiando mi dolor
por el dolor que he causado precisamente
a quienes me han amado, a quienes han esperado de mi
lo inesperado y la verdad, todo lo cual les he negado.

Por lo hecho, irremediable, inolvidable.
Por eso como la memoria, sigo aquí y nada puedo hacer
mas que decir mis errores al menos, como responsable único,
como el oculto mohan de la montaña,
invisible para no delatar su presencia inicua.

Aquí cerca de mi tumba esperando la Hora de la Verdad,
esperando a quien debo responder con mi vida,
para que quizá, por fin arrebate mi fardo merecido
y me instale aquel infaltable y también merecido,
para acompañar también para siempre hasta el fin de los tiempos.

Oportunidad para mi ya no hay, no hay nada.
Pero si para ti, para demostrar que es posible
andar en la verdad a toda hora
que la generosidad abunde en tu corazón renovado
por que ya sabes que no tienes la culpa de nada
y no debes nada. Tu vida en la verdad es en verdad
nueva y la mereces porque toda la anterior te la he arrebatado.

Yo solo espero con ello se alivie algo el peso de mis culpas,
No en mi sino en quien me ama
irremediables como el aumento de la carga con los días
para poder al final, ojala arder con esta por siempre
solo se que esto quizá no alivie tu tristeza
porque eres generosa o porque no te importa.

Pero es mi deseo y por ello sigo por el borde del abismo
Aguardando la hora, el aumento de la carga
Para por fin flotar en la nada o en el vacío
Hasta que la dura roca contra roca aplaste y destroce mi ser
Y con ello toda mi iniquidad.


            A Guadalupe Lorenza
            Noviembre 2012.







lunes, 12 de noviembre de 2012

el anciano pintor Wang Fo. M. Yourcenar



El anciano pintor Wang-Fô y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han. Avanzaban lentamente, pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las inseguridades. Aquella existencia, cuidadosamente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos protege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailarinas y acróbatas.

Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y aquella noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni morada, le ofreció humildemente un refugio. Hicieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma delicada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sentía por aquellos bichitos se desvaneció. Entonces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.
Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, puesto que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes de poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchitaba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas. Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maestro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.

Su reputación los precedía por los pueblos, en el umbral de los castillos fortificados y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores querían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opiniones que le permitían estudiar a su alrededor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración. Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avanzada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente. Un día, al atardecer, llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasillos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en duda que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.

Entraron los soldados provistos de faroles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en sus hombros, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos. Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupados, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar. Llegaron a la puerta del palacio imperial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pronunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono. Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Celeste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador. El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque apenas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero impasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros o y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, posternándose—, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no tengo más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.

— ¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Emperador. Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô, hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que disputan los estibadores.

— ¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para ponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentaba la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang- Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mí alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir, he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio, he dispuesto que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô? Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro. Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se llevaron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde. El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.

—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto. Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admirable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pasaba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pintura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan próximas a caer, temblarán sobre la seda y el infinito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos humanos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus esperanzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una consecuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hombre que va a morir.

A una seña del dedo meñique del Emperador, dos eunucos trajeron respetuosamente la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura de alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había contemplado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos desnudos, ni tampoco se había empapado lo suficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su discípulo Ling. Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singularmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua. La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó suavemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que hubiera podido oírse caer las lágrimas. Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella mañana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja. Wang-Fô le dijo dulcemente, mientras continuaba pintando:

—Te creía muerto.
—Estando vos vivo —dijo respetuosamente Ling—, ¿cómo podría yo morir? Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Emperador flotaba como un loto.

—Mira, discípulo mío —dijo melancólicamente Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer, si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?

—No temas nada, Maestro —murmuró el discípulo—. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Emperador conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están hechas para perderse por el interior de una pintura. Y añadió: —La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos —dijo el viejo pintor. Wang-Fô cogió el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de los mismos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresiones del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto. El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco, dejando tras ella un delgado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento. La pulsación de los remos fue debilitándose y luego cesó, borrada por la distancia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borróse el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desaparecieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.